¿Qué pienso de una relación?

Para que exista una relación, concretamente de pareja, ha de existir estima, respeto, cariño… y culminar en amor. Para que eso surja se precisa tiempo, palabras y caricias de forma mantenida, y todo esto ha de darse en el contexto de vivir en el sentido de que cada uno ha de atender a sus obligaciones y circunstancias.

Teniendo en cuenta las necesidades básicas cubiertas y partiendo de un buen estado de salud, el tiempo se convierte en una contrarreloj para el ser humano en que cada segundo cuenta y, si no se aprovecha, va en su perjuicio. Por desgracia es una percepción que se aprecia con el paso de los años, como es lógico, ya que el final cada vez se ve más cercano porque se perciben mejor los riesgos o bien simplemente porque uno se da cuenta de que los años no pasan en balde. Luego gastar el tiempo para crecer en palabras y caricias… estima y cariño, nunca será perdido salvo que la apuesta no haya sido acertada, pero también hay que tener claro que se va a apostar en algún momento de la vida, luego el riesgo se va a correr.

Por otra parte, intercambiando palabras es como se enriquece el ser humano en la mayoría de las veces, de esa manera se conoce al interlocutor, se vuelve previsible si le comprendemos, y viceversa, e incluso nos brinda la oportunidad de aprender con ello.

Las caricias es algo prescindible en una relación formal, pero si se trata de una relación de pareja, el contacto físico para el ser humano se convierte en algo imprescindible ya que con ellas se abre un mundo de expresiones y sensaciones fundamental, con ellas se rompen definitivamente las barreras físicas que mantienen a una persona en su terreno frío convirtiéndolo en abrazos y mimos, apoyados por palabras y miradas cálidas, y que confortan mucho más y mucho más rápido que la frialdad que otorgan los centímetros a la frase más adecuada para la ocasión.

Con todo esto, el estima y el cariño llegan solos, y el amor un poco más adelante. Si hay amor es porque hay libertad, respeto, y, obviamente, entendimiento.

Para que haya entendimiento las personas han de hablar mucho, todo o casi todo, esforzándose en explicarse y entender, siendo empático y paciente. Hay que hablar el mismo “idioma” y ser coherente. Cuanto más inteligente se sea el entendimiento es más fácil, y el nivel de inteligencia ha de estar nivelado para que funcione de forma óptima. La inteligencia ha de emplearse, entre otras cosas, para valorar lo que se dice y cómo se dice, y para omitir temporalmente o permanentemente aquello que no tenga “peso” en la relación según las circunstancias de cada momento, en otras palabras, si lo que se quisiera comentar no ha tenido repercusión o es irrelevante e incluso perjudicial para ambos tratándose de un momento delicado, pudiera estar justificado no hablar del tema siempre y cuando no se trate de un asunto que pudiera tener su implicación en alguna de las partes o en las dos, en cuyo caso, si alguno oculta algún dato relevante, se produce un desnivel, más fácil de superar cuanto antes se allane.

Respecto a la conversación que una de las partes tenga a bien comenzar, si la otra parte no está interesada en la conversación, surge otro desnivel, que puede ser nimio si la conversación es banal, pero muy significativo según cuantas más conversaciones haya que no resulten interesantes a la otra parte ya que significaría que los intereses comunes difieren, por tanto el desnivel se acentúa pudiendo ser éste el inicio del fin.

Para entenderse hay que olvidarse de la vanidad y el orgullo, y a menudo, con demasiada frecuencia, ponerse en el lugar de la otra persona, conociendo sus inquietudes y principios para lograr captar mejor lo que pretende decirnos. La finalidad no es más que pretender un bien común, finalidad que debe ser compartida por ambos miembros de la relación, si es que aquél interesa, y si no, se trataría de un signo inequívoco de que una de las partes quiere seguir su propio camino y no conviene demorarlo.

El entendimiento es crucial y hay que dedicarle mucho tiempo y asegurarse de que lo hay si es que se quieren hacer las cosas bien. El entendimiento no implica tener la misma opinión, gravísimo error si se piensa así, ya que cada uno es hijo de su madre y de su padre y ha tenido distinta cuna y experiencias, con lo cual lo beneficioso del entendimiento resulta en compartir opiniones y así conocer las formas de pensar y, seguramente, si se es consecuente, de actuar de la otra parte.

Una premisa fundamental para entenderse es desearlo, lo cual se debería seguir del esfuerzo de hacerlo. En este aspecto influyen muchos factores intrínsecos de cada persona, tales como introversión o timidez de una de las partes, o rudeza, inaccesibilidad o irascibilidad de la otra, lo cual dificulta la comunicación, pero si interesa entenderse, si se es lo suficientemente inteligente, si se pretende el bien común, uno se superará a sí mismo, y lo afrontará. No se trata de una tarea fácil, pero no es más difícil de lo que uno o su pareja lo pretenda hacer. Tal es así, que hay que pensar que si la comunicación no es fluida por alguno de estos motivos, la relación tiene un pronóstico fatal, salvo que la parte “más débil” adopte el rol de complacencia, lo cual le mantendrá subordinado creando una desigualdad prácticamente insalvable ya que sienta precedente importante para futuras discusiones. Asimismo, hay que tener claro que no hay que gritar, ya que este recurso niega la presencia de inteligencia en aquel que lo emplea, al menos temporalmente, o bien demuestra la ausencia de interés en la relación ya que opta por la intimidación o la imposición en lugar del entendimiento, rompiendo así el equilibrio que debe reinar. Esta actitud es una clara manifestación de falta de respeto, tratándose éste de un inequívoco síntoma del final de una relación entre iguales.

El respeto ha de ser una manifestación inteligente y constante, y ha de tenerse en cuenta en todo momento, lugar y circunstancias, de frente y de espaldas a la otra persona. Ha de ser inteligente porque se necesita ser previsor ante las circunstancias a las que nos somete la vida, encerronas en las que nos podemos ver envueltos, o mismo saber reconocer la tentación para evitarla y no correr riesgos innecesarios o para salvaguardar el buen nombre de la otra parte.

El respeto a menudo se convierte en intolerancia hacia los demás en pro de la persona querida y, asimismo, es tolerancia hacia ese ser, algo que siempre debe ser mutuo.

Faltar al respeto es, por supuesto, una desigualdad, y puede ser signo de fragilidad en la relación. Por otra parte, el respeto es algo que deben admirar los demás, e incluso hasta envidiarlo ya que supone actuar ante los demás de la misma manera en que se haría estando o no en presencia de la otra persona.

Teniendo en cuenta estas dos premisas, hablo a continuación de la tercera: la libertad. En primer lugar, de la libertad de amar: uno no elige libremente amar o no amar, lo que está claro es que si elige no amar amando, el paso del tiempo y la lejanía dan paso al olvido, aunque siempre pueda quedar un resquicio de ese sentimiento. Los sentimientos son caballos desbocados que se pueden domar, lo cual es necesario conseguir a toda costa y rápido si se trata de una relación nociva. Para que se trate de una relación nociva, alguna de las partes debe verse en inferioridad respecto a la otra y eso se comprueba si no se es ciego y se atiende a las razones previamente enunciadas y a la que se enunciará a continuación. Por el contrario, negar tal sentimiento sin motivo, o simplemente negarlo sabiendo que con suficientes probabilidades es viable, será algo que persiga a uno mismo toda la vida pudiendo tener un desenlace perjudicial para ambos o incluso para terceras personas si esa persecución culmina en un reencuentro, dadas las vueltas que da la vida.

La libertad de elegir que el sentimiento de amar flote o incluso vuele ha de darse sin límites, pero no tontamente, ya que de la misma manera no se puede ser ciego y obviar los síntomas de mal pronóstico. Si se concede esta libertad de forma sabia, uno no volará solo sino siempre acompañado en presencia y en ausencia del otro, se comunicará simplemente con la mirada ya que el entendimiento será tan profundo que lo permitirá, podrá incluso volar con los ojos cerrados ya que no dudará en que guiará la otra parte y lo hará por el buen camino. Con estas afirmaciones quiero hacer especial incapié en que si alguien elige libremente amar a una persona y que además sabe que ésta libremente le corresponde, teniendo en cuenta que se cumplen las premisas expuestas en este texto, mientras éstas se mantengan, la relación estará en el camino adecuado.

Paralelamente, la libertad permitirá que cada uno tome sus propias decisiones de tal modo que el respeto y el entendimiento fácilmente harán previsibles las mismas para la otra parte, así como que la parte que toma libertad no atenta contra el respeto hacia la otra persona, al menos. De esta forma, cada uno tendrá su tiempo de ocio, atenderá a sus amistades, cuidará de su familia y siempre, por supuesto, la otra parte podrá acompañarle o hacer lo propio, salvo que alguna circunstancia ajena a estas instrucciones lo contraindique. El respeto convertirá per se la libertad en cosa de dos ya que uno disfrutando de sus amistades o apoyando a su familia sentirá a la otra persona junto a si.

El exceso de libertades, huelga decir, atenta contra el respeto, y limitar la libertad es esclavitud, con lo que ambas situaciones mantenidas conllevan un desenlace fatal.

Por último, decir que el amor que profesa una persona no es eterno, ya que lo eterno, existiendo, no tiene ni principio ni fin, pero si que puede ser infinito teniendo en cuenta que existe un punto de partida y, aunque muera el cuerpo y por mucho tiempo que pase, se podrán seguir encontrando hallazgos que lo hayan inmortalizado. Al respecto decir que la historia previa de una persona no es condicionante sine qua non para que una relación llegue a buen puerto.